El profesor desintonizado

Me sorprendí esta mañana durante mi lectura habitual de noticias y chismes variopintos acerca de el uso de la tecnología en la educación, con una noticia descrita con bastante esmero por Julián Ortega que habla de la renuncia de un profesor universitario de su cátedra.

Lo interesante de la noticia son los motivos que han empujado a Camilo Jiménez que así se llama el profesor y el debate que se ha despertado a lo largo y ancho de la Red acerca de los mismos.

Jiménez publica en uno de sus blogs su carta de renuncia, con un tono amargo y desencantado no por falta de gusto por su profesión sino por su falta de sintonía con la era digital actual, y sus estudiantes tan inmersos en ella.

La carta comienza por explicar el acto que tan sólo ha sido el detonante de la decisión del profesor:

“Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis– y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.”

A la vista de este comienzo sería fácil pensar que estos estudiantes son muy poco capaces, o se les exige más allá de sus posibilidades o no les interesa lo más  mínimo la tarea que se les encomendó. Jiménez  habla de ellos y sus carencias de forma generalizada lamentándose de que hay ciertas capacidades que esta generación digitalizada ha perdido irremisiblemente:

“Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección”.

Me resulta curioso que el profesor piense que las idea surgen necesariamente en soledad cuando ahora está más de moda que nunca hablar de pensamiento colectivo, colaboración y cooperación.

Creo que tiene razón en parte. Nunca tuve fe en los blancos y negros, soy más de matices. Por eso  pienso que tiene razón al decir que se ha perdido la capacidad de introspección. Es cierto que ahora  la comunicación se muestra más de puertas afuera y la reflexión íntima ha quedado relegada a la sombra. La era digital demanda seres sociales en redes sociales que se comunican, comparten ideas y son multicanal. No importa si lo que se comparte tiene un nivel  de profundidad aceptable.

Pero no creo que Jiménez tenga razón al decir que  las ideas sólo surgen en soledad. Según mi punto de vista debería haber un equilibrio entre ambas formas de comunicarse y generar ideas y es labor del docente ayudar a sus estudiantes a hallar ese equilibrio.

Sin embargo Jiménez no deja los balones en el tejado de sus estudiantes solamente, tiene la  honradez de saberse parte del problema cuando declara unas líneas después:  “Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición”. Y ciertamente al deducir que no son capaces de resolver una tarea tan sencilla porque no saben pensar por si mismos en parte es también porque “no supe invitarlos a pensar”.

Después de leer la carta de renuncia se queda un sabor agridulce. Dulce porque el profesor ha sido consecuente y al saber que no estaba cumpliendo con su trabajo de la manera adecuada  ha decidido abandonarlo de forma consciente.  Y agrio, porque es una pena que no haya sido capaz de poder realizar la labor más complicada y hermosa de un docente: sintonizar con sus alumnos.

Habría sido preferible que dando ejemplo a sus estudiantes pusiera  más empeño e intentara otras estrategias para ayudarles a pensar y a desarrollarse no sólo como futuros editores sino también como personas y ciudadanos. Tampoco sabemos que intentos hizo ni durante cuanto tiempo, pero si en ellos echaba en falta el compromiso, la inquietud y las ganas de mejorar no era esta la manera de estimularlo ni de dar ejemplo.

Esperemos que se quede es un caso aislado de fatiga emocional y mental para afrontar el reto de  sintonizar con los estudiantes y la sociedad actual.

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